Cosas que pasan...
Rematricularte por inercia en una carrera en la que te has matriculado por inercia y arrepentirte en el acto. Que no te devuelvan ni una peseta de la matrícula después de anular.Teñirte el pelo de rojo, de negro para tapar el rojo y decolorarlo para volver al rubio (o alcanzar la calvicie). Volver a caer en las garras de un antiguo follamigo y luego huir de ellas. Renovar con la misma empresa aunque en realidad te apetezca decirle a tu jefe que es un capullo, el cantante un gilipollas y que el cómputo de toda su orquesta se la puede meter por el culo, empezando por el camión. Aceptar ensayar los viernes y perder el derecho a rehabilitación. Que te dé por el deporte cuando tienes doscientas mil secuelas que te impiden hacerlo. Ponerte a trabajar de extra en un bar por miserables cinco euros la hora y aún así pensar que has tenido suerte. Ligarte a tu logopeda buenorro, maduro, inteligente, simpático, conquense, deportista, con dos carreras, plaza fija, piso, perro y todoterreno y que no sea un aquí te pillo-aquí te mato y si te he visto-no me acuerdo y no pensar más que en la forma de espantarlo, como a todos los demás, porque el gato escaldado huye del agua fría.
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miércoles, 12 de enero de 2011
Las cosas que pasan (porque soy imbécil y lo permito)
Confesado por Heavy Mimosa ante el gato más gordo del mundo a una hora tan intempestiva como
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sábado, 29 de mayo de 2010
Y llorar, lo justo p'a desahogarse, nada más.
Hoy me ha quedado claro, para siempre y de una vez por todas, que el amor no existe. Son los padres. Y, si existe, se lo ha llevado la NASA y lo tiene guardado en un frasco para estudiarlo en el futuro, cuando se aburran de mirar p'arriba.
No quiero extenderme acerca de las premisas en las que me baso para llegar a esta conclusión, pero... Digamos que cuando alguien decide sacarte de su vida de una patada en el culo digna de Lionel Messi, por mucho que tú seas una mujer increíble, apasionada, inteligente y no te la merezcas, no conviene felicitarle por su cumpleaños. Ni aunque pongas una carita sonriente al final. Mal hecho. No sé qué coño esperaba, la verdad.
En mi caso, el resultado de tan feliz ocurrencia ha sido un mensajito que me ha provisto de hora y media de llorar amargamente y sorber mocos como un niño de teta, mientras intentaba, de forma infructuosa, comentar un texto de Miguel Manzano.
Una cosa que suelo hacer yo y, supongo que muchos, es poner música acorde con mi estado de ánimo, y en este caso, tocaban baladas. Música de llorar. De la de sentirte todavía peor y llorar más fuerte, para acabar antes. Quizá deberíamos poner música para alcanzar un estado de ánimo más feliz, en vez de más chungo, pero somos así de masocas. Y de eso va a ir este post, de canciones para llorar. No porque sean malas, ¡ojo! todo lo contrario, sino porque te dan un masaje al corazón cuando te lesionas. Al principio duele más, pero luego alivia.
Los maestros Journey, genios del Rock en general y de las baladas en particular. He escogido Open arms, aparte de porque es un temazo, porque la estaba escuchando cuando me he puesto a llorar con más ganas.
Hay dos millones de versiones de este tema de Leonard Cohen, pero si he de elegir una, desde luego es ésta que hizo Jeff Buckley. Cuando la escucho se me hiela la sangre en las venas.
Mr. Gary Moore, en su línea... Still got the blues. Espero que al menos el blues no me abandone.
Un clásico de Scorpions. I'm still loving you. Se puede decir más alto pero no más claro.
Ahí lo dejo, de momento. Ya se me ha pasado el berriiiiinche, hace rato que salió el sol y, bueno, debería irme a la cama como los demás músicos.
Y a tí... Que cumplas muchos más, rodeado de gente que te quiera.
Aunque no te querrá ni la mitad que yo, por muchos cumpleaños que celebren contigo.
Confesado por Heavy Mimosa ante el gato más gordo del mundo a una hora tan intempestiva como
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jueves, 27 de mayo de 2010
SIN Style
Hoy, volviendo del Conservatorio con un cabreo monumental, después de entregar a ultimísima hora un trabajo que me ha tenido histérica una semana y por cuya impresión me han cobrado como si hubieran pintado cada página al óleo, me he cruzado por la calle con el hombre de mis sueños. Bueno, no sé hasta que punto esto es verdad, si tenemos en cuenta que últimamente parece que mis sueños los dirige Robert Rodríguez. Mejor empiezo otra vez.
Hoy, volviendo del Conservatorio, me he cruzado con el hombre con el que querría soñar. Joven, pero algo mayor que yo, estilizado, pero no escurrido, no-pijo y no-cutre, ojos claros, pelo corto, sonrisa sexy... Un tío con clase. Y me ha mirado con sus ojos claros. Y me ha sonreído con su sonrisa sexy. Y ha girado la cabeza varias veces para volverme a mirar. Y volver a sonreír. Yo también le he miradocon los ojos como platos y también le he sonreído como si fuera subnormal.
Y me he venido arriba. He empezado a caminar con garbo, a sonreír al mundo con superioridad. Entonces, me he mirado en el cristal de un portal con la sana intención de decirme: "Sí, nena, eres un pivón" y guiñarme un ojo a mí misma. Justo antes de empezar a echarme flores, me he visto en el reflejo y he sido consciente de cómo iba vestida: pantaloncillos vaqueros deshilachados, deportivas y... Una camiseta GIGANTESCA, tan grande que a veces daba la impresión de que iba en bragas, más roja que la Pasionaria, y en la que encima pone "El circo de MIORQUESTA". La que nos encasquetamos para el popurrí de los payasos de la tele.
Con las prisas por imprimir y entregar el trabajo he salido con lo que tenía puesto para andar por casa. El hombre con el que querría soñar no me estaba sonriendo. Se estaba descojonando de mí. Él, y toda la calle.
Hoy, volviendo del Conservatorio, me he cruzado con el hombre con el que querría soñar. Joven, pero algo mayor que yo, estilizado, pero no escurrido, no-pijo y no-cutre, ojos claros, pelo corto, sonrisa sexy... Un tío con clase. Y me ha mirado con sus ojos claros. Y me ha sonreído con su sonrisa sexy. Y ha girado la cabeza varias veces para volverme a mirar. Y volver a sonreír. Yo también le he mirado
Y me he venido arriba. He empezado a caminar con garbo, a sonreír al mundo con superioridad. Entonces, me he mirado en el cristal de un portal con la sana intención de decirme: "Sí, nena, eres un pivón" y guiñarme un ojo a mí misma. Justo antes de empezar a echarme flores, me he visto en el reflejo y he sido consciente de cómo iba vestida: pantaloncillos vaqueros deshilachados, deportivas y... Una camiseta GIGANTESCA, tan grande que a veces daba la impresión de que iba en bragas, más roja que la Pasionaria, y en la que encima pone "El circo de MIORQUESTA". La que nos encasquetamos para el popurrí de los payasos de la tele.
Con las prisas por imprimir y entregar el trabajo he salido con lo que tenía puesto para andar por casa. El hombre con el que querría soñar no me estaba sonriendo. Se estaba descojonando de mí. Él, y toda la calle.
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